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Baños de Agua Santa

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En la falda del volcán y un poco retirada del pueblo, está la casa de Fausto. Fausto es un hombre ecuatoriano de unos 60 años, propietario de ese inmenso terreno, y unos campos en los que planta tomates y tiene algunas vacas.

En el terreno, esta la casa en la cual vive, y al fondo una especie de complejo de piscinas con agua proveniente del volcán, saunas y baños turcos, abiertos al público local durante los fines de semana.

A un lado de las piscinas, una construcción de 2 pisos, con varias habitaciones y baños, y una cocina de uso compartido por todos los huéspedes.

La historia de la casa de Fausto comenzó unos 8 meses antes de mi llegada. Marcos Allara, un chico argentino que viajaba de mochilero, ingresa a una ferretería en la ciudad de Baños, a averiguar sobre algún lugar donde pudiera hospedarse a un precio económico. Al escucharlo, un familiar de Fausto, le indica que hable con él.

Hasta ese momento Fausto no hospedaba a nadie, vivía sólo en su casa, con sus piletas, y esa enorme construcción de habitaciones, que iba poco a poco avanzando, con su misma mano de obra, con la idea de en algún momento hacer una especie de “hotel” para turistas.

Un poco reacio al principio, no quería hospedar en su casa a un extraño, pero decidió darle una mano a Marcos, y le permitió quedarse en una de las habitaciones que estaban vacías.

Los días fueron pasando, y Marcos colaboraba con Fausto, siguiendo sus instrucciones y ayudándole a modo de mano de obra con las reformas de las piletas y de la casa. Poco a poco, charla a charla, Fausto le contó sobre su idea de finalizar el “hotel” para recibir turistas y así recaudar dinero.

De inmediato, Marcos, que llevaba bastante tiempo viajando  como mochilero por el Ecuador, le sugirió una idea: ¿Y si en lugar de turistas recibis viajeros? Sería mucho más sencillo para ti, y te generaría menos inconvenientes ya que los viajeros se las arreglan solos.

«Por ahí cobras un poco menos de dinero, pero en la cantidad de personas y el tiempo que se quedan terminarias ganando….no necesitas mucamas, ni ningún tipo de servicio, y a su vez, ellos te podrían colaborar con mano de obra a terminar las construcciones de las piletas, pintado de paredes y mantenimiento del lugar…»

La idea quedo dando vueltas en la cabeza de Fausto, y de a poco empezó a llegar algún conocido, y conocidos de conocidos… La casa de Fausto se transformó así en una gran comunidad de viajeros, que llegaban por pocos días y se terminaban quedando meses.

Y así llegue yo, gracias a Ludmila y Fernando que fueron los que me hablaron del lugar y con quienes había compartido unos 15 días en Canoa junto a su kombi «La Paponeta». El resto de los chicos, casi todos viajeros argentinos, mochileros, artesanos y artistas; y Yasmin, una chamana Colombiana que viajaba junto a su bebé Shiram y había parado hacía algún tiempo en lo Fausto.

Apenas pisé el lugar, me enamoré de su energía. Se respiraba un aire especial, mucho amor y armonía. Y fueron pasando los días entre charlas, comidas, aprendizajes…. 

Cada uno aportaba los suyo y entre todos nos nutríamos y crecíamos. Las horas del día se volaban, entre los gigantescos desayunos, todos de frutas, cereales, y alimentos sanos; luego cada uno se ponía a hacer lo que sentía, algunos a cantar, tocar guitarra, practicar yoga, hacer artesanías, pintar, construir una huerta o lo que el corazón dictara. Día tras día armonizándonos con el lugar, uniéndonos como familia, y forjando lazos entre nosotros que sin duda alguna perduraran a través del tiempo y la distancia.

Días de talleres en los que cada uno exponía y enseñaba al resto su arte: yoga, acro-yoga, teatro, macramé, cascas, plantas medicinales, huerta orgánica….y las noches de cine.

Ceremonias de limpieza y meditación, obras de teatro y circo, charlas a corazón abierto e intercambio de anécdotas y experiencias de viaje.

El vivir en la falda del volcán Tungurahua ponía el broche de oro al lugar y la sensación que vivíamos. A diario nos mantenía esperando escuchar sus estruendos que muchas veces hacían temblar hasta las ventanas! 

Fue emocionante vivir a sus pies y disfrutar su espectáculo de nubes, o durante las noches despejadas visualizar la lava descendiendo hacia una de sus laderas como hilos rojo-anaranjados incandescentes. Otro recuerdo que jamás olvidaré…

Me costó despedirme de todo y de todos, pero me fui con el corazón lleno, y un gran aprendizaje… 

En este sitio confirmé que parte de este viaje, es en realidad un viaje a mi ser interior, a lograr un crecimiento espiritual y a absorber todos los conocimientos y herramientas que en el camino me estén esperando.

Autor: ANA CAROLINA

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